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Animal Farm, de Orwell: hoy y ahora | Ghost Reading Tribune #6

Cuando una obra literaria trasciende su propia condición de pieza de arte para convertirse en una referencia histórica de su tiempo, es algo que no se nos puede escapar: ahí hay algo más, un mensaje que nos implica más allá de la propia experiencia lectora. Pero cuando una obra literaria, además de suponer una referencia de su tiempo, se convierte en un mensaje de cualidades perennes que supera su propia contemporaneidad y trasciende hacia una condición de clásico atemporal —es más: de mensaje atemporal—, entonces es cuando nos encontramos ante una herramienta de ineludible necesidad cultural. Un arma. Un recurso sin duda necesario que nos advierte y nos argumenta sobre algo que, sin duda, nos concierne.

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Así es como George Orwell nos explicó, a través de una maravillosa fábula titulada Animal Farm, los peligros del poder. Pero no sólo del poder en manos del totalitarismo, sino del poder per se. Poder como forma de absorción de toda humanidad, el ente inicuo que por antonomasia define las relaciones humanas desde que la práctica prehistórica de la caza-recolección pasó a devenir agricultura, acumulación, recursos: dependencia controlada, dominio de la dependencia ajena. Pasa que, a propósito de esto, Animal Farm fue manipulada por el gobierno americano de la época, convirtíendola a conciencia en una parábola anti-comunista que, durante años, alimentó multitud de perniciosas malinterpretaciones en las escuelas de todo el país. Resulta tristemente paradójico que EEUU pueda verse tan o más implicado en el transfondo de dicha trama literaria, y aún así sea allí una obra recordada de forma parcial y ciertamente maquiavélica.

No creemos que haga falta, a estas alturas, explicar el argumento de Animal Farm. Pero lo que sí nos interesa humildemente destacar (sabiendo que tampoco es ningún secreto, pero sí una verdad que conviene ir recordando constantemente para nuestro propio bien), es que dicho argumento nos explica una realidad que a día de hoy sigue en completa vigencia. Bajo docenas de formas diferentes, distintos nombres y multitud de subprácticas que mutan constantemente por y para su propia supervivencia, el Poder siempre ha sido —y representado— una sola cosa: CONTROL. Sin más. Sean comunistas, nazis, demócrata-cristianos, conservadores, liberales o presidentes de escalera, el control es un caramelo envenenado que desde los albores de la civilización ha sido una de las máximas aspiraciones de aquellas mentes que quisieron quedarse con la peor parte de la evolución del individuo. Así nos lo cuenta Orwell, con una pluma pretendidamente simplista y una arcada argumental infalible: así de fácil resulta que los iguales, de pronto, ya no lo sean tanto.

Sobre esto, simplemente destacar una obviedad: así sigue todo. Nada más hace falta echar un vistazo a cualquier periódico para darnos cuenta que no existe arreglo para una circunstancia tan lamentablemente inherente a la condición humana. Y solo la sensibilidad, la auténtica noción de igualdad sin peros y una legítima voluntad de individualismo responsable puede, y sólo en cierta manera, aliviarnos mínimamente de la carga con la que nos quiebra el llamado estado de las cosas.

Una auténtica pena que T.S. Eliot no lo viera en su momento.

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